Francisco Antonio Gamboa

Francisco Antonio Gamboa, hijo primogénito del matrimonio de don Mateo Gamboa Llanos y doña Teresa Herrera Córdoba, nació en Cali el 17 de mayo de 1866; estudió las primeras letras con su madre, luego siguió sus estudios en el colegio de Santa Librada de dicha ciudad y continuó en la Normal de Popayán. Cerrada esta institución educativa por causa de la guerra de 1885 tomó las armas y participó en la revolución en las huestes liberales. Terminada la guerra y temeroso de las persecuciones políticas de la época emigró a la república de El Salvador, en compañía de su coterráneo Francisco Antonio Llanos y de don Marcial Cruz Vélez, oriundo de Tuluá.

El presidente de la República de El Salvador, general Francisco Menéndez, llamado “patriarca de la educación nacional”, contrató los servicios de la que fue llamada la “Misión Colombiana” con el fin de que organizara e impulsara el sistema de enseñanza pública. Esta misión fue integrada por Marcial Cruz, Víctor Dubarry, Justiniano Rengifo Núñez y Francisco Gamboa, al cual se le encomendó el cargo de inspector de instrucción pública primaría y, más adelante, el de director de educación.

En La Nueva Enseñanza, obra de la Misión Colombiana para los Maestros de Instrucción Pública de El Salvador, se publicaban artículos pedagógicos e informes e instrucciones de diversa índole, algunos de los cuales escribiría Francisco Gamboa. Don Gilberto Aguilar Avilés, historiador, educador, sociólogo y editorialista salvadoreño, en entrevista realizada para el documental Los Gamboa: Una Dinastía de Poetas comentó:

Don Francisco era el hombre de campo de la Misión Colombiana. Por los informes que le escribía a otro colega colombiano, que era el que dirigía la revista, de la cual tengo casi todos los números que editaron, los cuales decían: “Estuve en la escuela tal, di tales y tales cursos a los maestros, están todos muy entusiasmados de nuestro trabajo, etc.…”.

Francisco Antonio Gamboa fue representante de este país en el Primer Congreso Pedagógico Centroamericano, reunido en Guatemala, en 1894. A su consideración presentó un plan de estudios, que fue aprobado y puesto en práctica por los respectivos gobiernos de los países representantes.

Posteriormente, fundó y organizó la Escuela Normal de Maestros de San Salvador, de la cual fue su director. Fue, así mismo, consultor del gobierno y hombre de confianza de algunos personajes políticos que ocuparon puestos destacados.

En desarrollo de sus inquietudes intelectuales fue miembro de instituciones científicas y literarias, en las que dio muestras de sus capacidades y conocimientos, particularmente en los estudios pedagógicos, que fueron los de su especialidad. Redactó las revistas El Repertorio Salvadoreño, La Nueva Enseñanza, La Escuela Normal y editó La Biblioteca Económica. También colaboró en la Revista Ilustrada, de Nueva York, y en otras publicaciones de Centro y Sur América. En la Biblioteca Nacional del Salvador, en el Departamento Sala Salvadoreña, en la sección de Libros de Reserva y de Libros Antiguos, existen varios tomos de los libros que Francisco Gamboa editó. Por su valor histórico para El Salvador dichos tomos están siendo preservados mediante técnicas especializadas y sólo se prestan a investigadores o a personas que los consulten en dicha sala.

Como fruto de sus investigaciones y experiencias en la enseñanza publicó una Gramática Práctica de la Lengua Castellana, conforme a las prescripciones de la Real Academia de la Lengua Española, obra de la cual se sacaron tres ediciones. Esta gramática tuvo especial acogida no solamente en los medios pedagógicos de El Salvador sino en los demás países centroamericanos, y fue elogiada por el sabio filólogo Rufino José Cuervo.

Para destacar la importancia de esta publicación cabe recordar que, mediante informe de fecha 6 de junio de 1893 rendido por el señor ministro de Instrucción Pública de El Salvador, los señores Juan Bertis y Felipe Solano emitieron el siguiente concepto:

Los que suscriben, comisionados por la secretaría de Instrucción Pública para examinar la obra elemental de Gramática Castellana, escrita por el ilustrado educacionista don Francisco A. Gamboa, tienen la honra de manifestar al señor ministro que, después de haber estudiado detenidamente la obra a que se refieren, creen que puede adoptarse como texto oficial de las escuelas. El trabajo llena debidamente su objeto: está concebido en términos claros y al alcance de los niños; nada deja qué desear y, obedeciendo a la voz de la justicia, lo recomiendan sinceramente al Sr. ministro…

El mencionado ministro de Instrucción Pública adoptó como texto oficial en las escuelas de la República el primer libro de dicha Gramática Práctica de la Lengua Castellana. Infortunadamente, su muerte prematura no le permitió llevar a cabo todo el proyecto de su obra, en tres libros.

Es preciso, igualmente, traer a la memoria el reconocimiento que desde París le hizo don Rufino José Cuervo, en carta de fecha 8 de mayo de 1894:

Felicité á Ud. de corazón por la primera edición de su preciosa Gramática práctica; reitero hoy los plácemes al recibir la segunda, y los reitero encareciéndolos, porque el pronto despacho de aquélla demuestra la justa acogida que la obra ha tenido. Considero esto como fausto indicio del buen camino que en nuestros países va tomando la enseñanza, que no puede ser fecunda sin la alianza de los principios y la práctica, sin la observación de los hechos y la inducción científica. Y no hay que pensar que la aplicación en la gramática es de poca importancia: el que se acostumbra á observar y generalizar sobre las palabras y frases, querrá después hacerlo con los números, las plantas, los animales, las enfermedades. El vicio fundamental de la enseñanza que heredamos de la Metrópoli consistió en que ella era puramente teórica, en que se reducía casi á aprender los libros de memoria; y á eso se debe en mucha parte el que las ciencias no busquen entre nosotros su campo de acción en la naturaleza que nos rodea, sino que se limiten á reproducir y aplicar bien o mal lo que nos llega de fuera. Es, pues, de primera necesidad dirigir desde un principio las inteligencias á los métodos científicos del examen y la producción madura, renunciar á la ciencia pasiva para cultivar la activa…

De otra parte, se impone resaltar que tanto Francisco Antonio Gamboa como su hermano Isaías, quien igualmente emigró a El Salvador estimulado por su hermano mayor, supieron granjearse el aprecio y el reconocimiento del pueblo salvadoreño en sus diversos estamentos, principalmente de maestros y discípulos. En este aspecto nada más indicado que acudir a las páginas de la obra Nuestros Maestros, del educador Saúl Flores. Del capítulo que lleva por título Los Hermanos Gamboa: Grandes Educadores tomamos estos apartes:

Los dos, maestros; los dos, poetas; los dos, soñadores; los dos, enamorados de su patria y amantes de la libertad.

Vinieron de Colombia, del país donde “se muere de amor y se enloquece de genio”, de la tierra maravillosa del Cauca; del dulce solar en donde abriera sus pétalos aquella delicada flor de Romanticismo Americano, inmortalizada por Jorge Isaacs.

Como maestros dejaron una huella profunda en la educación de El Salvador. Es que no eran mercaderes; eran Maestros. No venían a enriquecerse; venían a enriquecer. Como poetas nos ofrecieron la dulzura incomparable de sus versos, haciéndonos conocer, gustar y admirar y amar la suprema belleza.

Como soñadores, supieron encender en los corazones la llama abrasadora por los grandes ideales de la humanidad, el culto por la Justicia, el respeto por el Derecho y una íntima devoción por la Libertad.

Fueron dos mensajeros de la cultura, dos cruzados caballeros del ideal…

Los hermanos Gamboa supieron del pan del destierro, de la amargura del exilio, pero su máximo dolor fue el abandonar a la Madre anciana. En sus cantos a menudo se escuchaba la nostalgia de la patria ausente.

Amaron a nuestro país con particular devoción. Don Francisco plantó su tienda definitiva en nuestro suelo y formó un hogar que fue modelo de hogares, con una esposa amantísima y unos hijos cariñosos, que han sabido conservar celosamente el tesoro que su padre les legara…

Francisco Antonio había contraído matrimonio con la distinguida dama doña Esperanza Arango Quezada, de ascendencia española, nacida en Camagüey, república de Cuba, a quien conoció en el barco en que viajaba su familia huyendo de la isla. Don Francisco y doña Esperanza tuvieron seis hijos: María Teresa, María Esperanza, Francisco, Guillermo, Consuelo y María Herminia.

No obstante el transcurso de los años, el recuerdo del meritorio maestro es perdurable. Así, en agosto de 1936 tuvo lugar la inauguración de la Escuela Francisco A. Gamboa. En este acto de gran solemnidad,1 el mencionado cronista de la educación salvadoreña Saúl Flores pronunció estas elocuentes palabras:

No toda luz que se enciende y se apaga es un faro; precisa el ritmo, ha dicho bellamente Eugenio D’Ors.

De la misma manera, no todo humano que se pone frente a una juventud es un maestro; precisa el alma, decimos nosotros, al evocar la gallarda figura de Francisco A. Gamboa, el maestro inolvidable.

Un tercio de siglo ha transcurrido ya, y sin embargo sus enseñanzas están frescas aún; perduran en nosotros y cristalizan en incesantes anhelos de perfección.

Tal fue la huella imborrable que aquél espíritu luminoso supo grabar en la conciencia de sus discípulos.

Y es que no basta enseñar. Catalogar hechos, enunciar leyes, transmitir conocimientos es tarea fácil y hacedera; pero despertar entusiasmos, sugerir ideales, orientar juventudes, prender en ellas la llama de la fe, del optimismo y del deber; hacer surgir en el humano espíritu un ansia infinita de superación, eso pueden hacerlo únicamente las almas grandes y generosas, los corazones abnegados que tienen el valor de sacrificar sus intereses personales en aras de una gran devoción por la juventud, tal como lo hizo el señor Gamboa.

Maestro en toda la excelsitud de la palabra, se dio completamente a sus discípulos con la conciencia plena de su entrega y trabajó con todo fervor, para demostrar que el problema trascendental de estos pueblos es, ante todo y sobre todo, un problema de educación.

Aunaba a su admirable vocación de apóstol un exquisito temperamento poético. Y es que el poeta complementa al maestro. No se puede alumbrar sin ser antorcha; no se puede predicar amor sin amar intensamente y nadie ama tanto la suprema belleza como el alma del poeta.

Sus “regios cantos”, sus “áureos himnos”, y “valientes odas” con que soñara un día constituyen una revelación de toda la grandeza de su espíritu.

Completan las fases diamantinas del señor Gamboa sus ideas filosóficas. Y es que no se puede orientar sin saber adónde se va, sin saber hacia qué rumbo se han de emproar las naves. Para señalar rutas es preciso conocer el sendero.

Maestro, Poeta y Filósofo, trinidad augusta contenida en una síntesis suprema, en una personalidad armoniosa e indivisible, característica de los grandes educadores.

Nosotros, los que tuvimos la inmensa dicha de escuchar su palabra elocuente y persuasiva, los que tuvimos el privilegio de conocer toda la hondura de su pensamiento, hemos venido a este acto con el corazón pleno de júbilo a reiterarle nuestro afecto imperecedero y a confortarnos con su recuerdo.

Ahora nos ha tocado presenciar su apoteosis. El monumento que hoy se erige a su memoria es el más bello y sugestivo que se puede ofrecer a mortal alguno. No es de granito, ni de mármol, ni de bronce, sino de carne tierna y palpitante. Labios infantiles balbucirán dulcemente su nombre; almas candorosas le cantarán himnos de gloria, y las generaciones venideras sabrán por esta Escuela que en épocas pretéritas un maestro colombiano, de nobilísima estirpe, puso todo su talento y todo su corazón al servicio de la juventud salvadoreña.

Maestros de esta Escuela: a vosotros os toca la dulce tarea de hacer que los niños pronuncien el nombre del maestro sagrado con amor. Entre vosotros figura ya su primer nieto espiritual, hijo nuestro, que sabrá conservar un afecto filial hacia el ilustre abuelo. Decidle que Francisco A. Gamboa fue un espíritu generoso, un apóstol de la cultura, un admirador de la belleza y un ardiente enamorado de la libertad.

Estas fueron las nobles palabras de evocación y exaltación a la memoria de un gran colombiano en la tierra cuzcatleca; un hombre que había cumplido con dignidad la ardua misión del magisterio. En fin, la memoria viva del maestro que cumplió con los deberes de su oficio y trabajó por el enriquecimiento y buen régimen y aprovechamiento de la educación.

A todas estas manifestaciones se suma otra de sin igual significación: el Himno de la Escuela Francisco A. Gamboa, con letra del profesor Saúl Flores y música del compositor José Villatoro. De las sentidas cadencias de esta composición artística surge, en todo su esplendor, la imagen del maestro. Imposible no darla a conocer en estas páginas. Cabe agregar que en 1915 se fundó en el Palacio Nacional de San Salvador la Asociación de Profesores Francisco A. Gamboa, la primera asociación de maestros salvadoreños. Por este honor un busto del “Gran Caballero de la Cruzada de la Educación”, como fue llamado, se encuentra en los salones de la antigua Casa Presidencial.

Himno de la Escuela Francisco A. Gamboa

De Colombia, la tierra encantada,
El Maestro llegó a El Salvador
Con la luz de su antorcha sagrada
Y el más dulce mensaje de amor.

Y plantó en nuestra patria su tienda
Y llevó a nuestros niños la luz
Y fue dura y tenaz su contienda
Por hacer florecer la virtud.

Fue la ciencia su ley y su meta,
Su deber sacrosanto: el Honor,
Gran Maestro, sublime poeta,
De la idea, genial sembrador.

Hoy cantamos su nombre y su gloria
Exaltamos su vida ejemplar
Y eterniza su excelsa memoria
De esta escuela su nombre inmortal

La escuela fue reconstruida luego de que la destruyó un terremoto, y sus nuevas instalaciones fueron inauguradas el 15 de enero de 2004 por el ministro de Educación Ing. Rolando Marín, y el director editor de El Diario de Hoy Ing. Enrique Altamirano. El proyecto se ejecutó con fondos aportados por El Diario de Hoy y el Ministerio de Educación, y alberga a más de quinientos estudiantes del centro de la capital.2

Réstanos decir que, en 1894, con el título Doce poesías, Francisco Antonio Gamboa dio a conocer en San Salvador el fruto de su inspiración. Otra faceta de su mundo intelectual que cultivó con acrisolado esmero. Según el antologista Guillermo E. Martínez fue:

un poeta de noble y fecunda inspiración, que trazó en estrofas de recia contextura los múltiples estados de su alma sensible. Correcto en la forma, no hay en sus versos los desfallecimientos que frecuentemente se notan en los que son apenas versificadores. Es, en suma, un poeta de vigoroso estro, como lo fueron sus hermanos, de los cuales Isaías lleva el cetro y ocupa el primer lugar.

Le fue propuesto el Ministerio de Instrucción Pública en El Salvador, mas para desempeñar el cargo debía renunciar a la ciudadanía colombiana y optar por la salvadoreña; pero él no renunció a su calidad de colombiano, pues había aceptado el cargo de Cónsul General de Colombia en El Salvador. De hecho, Francisco Gamboa era el Cónsul Cultural, ya que siempre acogió en su casa durante veladas literarias a grandes personalidades que visitaban el país, como Porfirio Barba Jacob, Rubén Darío, Julio Flórez y José Santos Chocano. Su familia recuerda la llegada, en mayo de 1906, del poeta colombiano Julio Flórez, que, recibido por la colonia colombiana con gran orgullo, es homenajeado por el presidente y toda la sociedad en banquetes y conciertos, como lo describe Gloria Serpa-Flórez en la biografía del poeta:

El paso del poeta Flórez por la República Centroamericana de El Salvador constituyó un acontecimiento social y cultural. El gobierno estaba presidido por el General Tomás Regalado, quien “agasajó al peregrino con un banquete pantagruélico al que asistieron cientos de personas”, según cuentan los recortes de periódico. “En álbumes de grandes damas de la ciudad de San Salvador, entre otras la viuda del General Regalado (quedaron) poemas que Flórez no recogió en ninguno de sus libros y que fuera de la intención galante tienen mérito artístico”.

Desde el 20 de mayo, fecha en que se supo de su llegada, los notables nombraron una comisión de cuatro literatos para tratar el asunto con la Academia de Ciencias y Bellas Letras, la cual programó una solemne sesión pública. Varios comités acompañaron al poeta desde Acajutla, y el 5 de junio, a las 4:30, llegó a la Estación Central, donde lo recibió con gran entusiasmo la multitud.

“La prensa, encabezada por el Diario del Salvador, Diario Latino, La Crónica, La Caricatura, El cosmopolita, La Discusión, La Estrella del Salvador, Gente Nueva, El Mensajero, El País, La Quincena, La Vida Intelectual, etc., se ocupan extensamente del poeta colombiano, y reproducen a diario muchas de sus mejores composiciones. El Diario del Salvador, entre otros, dice: “Joven todavía, Julio Flórez es quien lleva actualmente en su mano el cetro de la poesía lírica en Colombia”.

Una de las nietas de Francisco, María Teresa Delgado Gamboa, quien murió a los trece años de edad, quedó vivamente impresionada con el poeta y escribió el único poema que se conserva de ella en honor a Julio Flórez (ver sección “Otros Poetas”)

Cónsules colombianos en ese país han seguido honrando la memoria del poeta y educador Francisco Gamboa y celebran las fiestas patrias de Colombia con emotivos discursos en honor suyo. Su muerte, ocurrida el 28 de marzo de 1908, le llegó cuando ya su mente divagaba, perdida en el recuerdo de su patria. En 1897 había escrito un largo texto desgarrado por la distancia, del cual solo traemos aquí sus primeros párrafos:

Emigrar

San Salvador, Octubre 28 de 1897

A MIS JÓVENES AMIGOS DE COLOMBIA

!Oh! ! ¡No emigréis! No hay nada más triste que ver allá, a lo lejos, a través del recuerdo, las cosas más dulcemente queridas por el alma:

La madre prematuramente envejecida, a quien consume la intensa fiebre del deseo , del loco anhelo de volveros a ver; de quien sola el último pensamiento que acaricia cuando el sueño cierra sus párpados; que apenas se duerme os da, soñando, el dulce abrazo del regreso; que apenas se despierta se incorpora en el lecho y extendiendo su mano enferma hacia el rumbo por donde en otro os traza en el espacio el divino signo de la cruz, y así os da su diaria bendición de cada día.

Vuestro padre tal vez ya anciano, quizá rudo héroe del trabajo, cuyas honradas manos se encallecieron en las faenas que le impongan los mil sacrificios consiguientes a vuestra educación; que, húmedos los ojos se estremecieron de júbilo con vuestros triunfos escolares divisando ya en las lejanías de esos vastos horizontes que encierra el corazón de un padre, al hijo bien amado convertido en hombre, orgullo del hogar, honra y prez de la patria.

Vuestros hermanos, que son vuestra misma sangre y vuestra misma carne, a quienes tal vez dejasteis pequeñuelos y que apenas recuerdan los rasgos de vuestra fisonomía; con quienes podréis encontraros sin saber que son ellos, sin que ellos sepan que ese es el hermano querido, más querido cuanto más distante en el espacio y en el tiempo cuyo recuerdo llena constantemente la mansión paterna, y cuyo nombre va y viene de boca en boca en las tranquilas conversaciones del hogar.

Acaso dejasteis una hermana, a quien jugando enseñasteis las primeras letras, a quien el triste día de vuestra partida alzasteis en vuestros brazos para cubrirla de besos y de lágrimas; que es ya una señorita cuyo trato íntimo habrías saboreado con delicia en las gratas horas de vuestras confidencias y ensueños juveniles; que no ha podido suavizar la natural aspereza de vuestro carácter varonil en formación, con el amable contacto de su joven alma de mujer, ese contacto mágicamente hechicero que os ha faltado en los mejores años, y sin el cual han sido más negras y más tétricas vuestras aciagas horas de hombre sin hogar en patria ajena.

1En la foto de la inauguración, al lado de Saúl Flores, se encuentran, entre otros familiares, Esperanza Gamboa de Llerena y su esposo José Llerena, Francisco Gamboa Arango, Ana María Gamboa de Olivella, Consuelo Gamboa de Sol y su esposo Justo Sol, Emma Llerena Gamboa, María Teresa Gamboa de Delgado y su esposo José Delgado.
2El Centro Escolar Francisco Gamboa está ubicado en la 7a. Calle Oriente del Barrio Concepción del Centro de San Salvador. Sería importante que la Familia Gamboa en El Salvador aunara esfuerzos por apoyar esta escuela, único recuerdo vivo de su legado.

Bibliografía

  • Doce poesías, San Salvador, 1894
  • Gramática Práctica de la Lengua Castellana, Tercera Edición, Imprenta Nacional, San Salvador, 1895
  • La Nueva Enseñanza, Revista de la Misión Colombiana en El Salvador, San Salvador, varios números 1889
  • Nuestros Maestros, Saúl Flores, San Salvador
  • Discurso de Inauguración de la Escuela Francisco A. Gamboa, Saúl Flores, 1936, Archivo de la Escuela.
  • Todo Nos Llega Tarde, Julio Flórez, Biografía, Gloria Serpa-Flórez de Kolbe, Editorial Planeta, Segunda Edición, 1995
  • No emigréis, Ensayo, San Salvador, 1897
  • Los Gamboa: Una Dinastía de Poetas, Documental realizado por la FUNDACIÓN ‘VERSO A VERSO”, Cali, 2003