María Esperanza Gamboa

María Esperanza Gamboa nació en San Salvador, república de El Salvador, el 31 de marzo de 1897 y murió en la misma ciudad el 22 de junio de 1988. Fueron sus padres el poeta y educador Francisco Antonio Gamboa, ya referenciado, y Esperanza Arango, dama de origen cubano.

Su padre murió cuando ella era muy joven, a los once años; sin embargo, logró participar en las tertulias que él organizaba para los literatos del mundo hispanoamericano de la época, quienes, de paso por El Salvador, visitaban siempre la casa del maestro Gamboa. Fue así como de joven Esperanza conoció a personalidades como el poeta peruano José Santos Chocano –que le recitó sonetos infantiles–, el poeta nicaragüense Rubén Darío y los poetas colombianos Porfirio Barba Jacob y Julio Flórez.

Se graduó de maestra en el Colegio Normal de Señoritas, en 1913. Recortes periodísticos de la época, que de seguro ella guardó y de los cuales es imposible saber a ciencia cierta el nombre del diario o gaceta, comentan que Esperanza fue una alumna distinguida quien fue calificada con las altas notas de Mención Honorífica y Sobresalientes en todas las materias en sus exámenes de fin de año. Este triunfo de la señorita Gamboa nos hace recordar a su malogrado padre don Francisco Gamboa, distinguido pedagogo y poeta delicado, de quien parece heredó el talento y delicadeza de alma. 

En otro recorte, que el tiempo no logró destruir, un periodista, vivamente impresionado por la joven escogida para leer el discurso de grado, describe así su experiencia en una sección titulada “Cabos Sueltos”, del sábado 16 de agosto de 1913, de un diario no identificado:

Anoche ante selecta concurrencia tuvo lugar en el Colegio Normal de Maestras una velada lírico-literaria y entre otras cosas llamó mi atención el discurso recitado por la espiritual señorita Esperanza Gamboa, esperanza verdadera para su patria, para su familia y para el hogar venturoso que ella llegue a formar. Su talen- to claro, su voz sonora y vibrante y el torrente de inspiración que se desbordaba de sus preciosos labios como un torrente y la suma facilidad para externar sus ideas, hicieron de su discurso una obra maestra.

De su tesis de grado Ideales Pedagógicos, la prensa diaria de San Salvador publicó algunos apartes y la calificó diciendo: Es de las tesis de más importancia que hayan desfilado por los anales del Colegio Normal de Señoritas.

El 25 de mayo de 1918, en la Iglesia de El Calvario, de San Salvador, Esperanza contrajo matrimonio con el doctor José Llerena Peláez, médico, escritor y catedrático guatemalteco, quien se había radicado en El Salvador. Llerena Peláez ha sido cataloga- do por algunos críticos, y junto a los escritores Francisco Gavidia (1865-1955), Alberto Mansferrer (1868-1932) y J. Emilio Aragón (1887-1938), como uno de los padres de la literatura moderna de El Salvador.

Siete hijos tuvo la familia Llerena Gamboa: Emma, Concha, Aída (madre de José Ricardo Leiva Llerena), Esperanza, Eduardo, Gloria y José (este último padre de Claudia Llerena Arce). Tanto a José Ricardo como a Claudia, herederos poéticos de Esperanza, los referenciaremos más adelante.

Pero la muerte la rondaba y no le dejó celebrar sus veinticinco años de matrimonio: se llevó a José el 14 de enero de 1943. El golpe fue muy fuerte, pero Esperanza, con algunos de sus hijos todavía jóvenes, siguió adelante, más su corazón quedó anclado.

Luego de la muerte de su esposo, Esperanza fue Directora de la Escuela Normal España, la entidad oficial y principal que pre- paraba a las maestras de El Salvador. Dicha escuela era un internado y ella tuvo allí su pequeño aposento, cómodo aunque austero. En la Escuela Normal fundó el “Círculo Literario”, que no estaba vedado a los varones, tertulia en la cual fomentaba la lectura y la escritura. Cabe anotar que de este círculo surgieron prestigiosos valores literarios salvadoreños, entre los que se recuerda a Mercedes Durand, Salomón de la Selva e Ítalo López Vallecillos. Para acercarnos a las virtudes morales e intelectuales y las dotes de su inspiración nada mejor que acudir a la reminiscencia que nos hace José Ricardo Leiva Llerena, uno de los nietos más cercanos de “Mamá More”,22 tal como llamaban de manera cariñosa. De las páginas de la obra que tiene por título Historia Familiar, de Jordana Marinés Leiva Pineda, escrita por su padre, José Ricardo, inmigrante salvadoreño en tierras australianas, de la cual hemos tomado toda la información biográfica de la abuela, desprendemos estas recordaciones:

Cuando fui adolescente, la tengo presente leyéndome con su voz precisa, su dicción correcta y sus inflexiones oportunas. Me leía sus poemas y los poemas y obras de teatro de mi abuelo, su esposo (José Llerena Peláez). Me leía también trabajos de diversos autores: Las estrellas miran hacia abajo; Tierra nativa, de su tío Isaías Gamboa; Las llaves del Reino, de J. Cronin; Cien años de soledad, de García Márquez, etc… En 1961 –yo tenía quince años– estudiamos juntos Catorce Lecciones de Filosofía Yogui, del Swami Ramacharaka, y juntos también hacíamos ejercicios respiratorios al aire libre, para obtener “prana”… Cuando fui adulto y podíamos estar solos sosteníamos largas e inolvidables conversaciones; nunca salí de su casa insatisfecho; si yo estaba triste ella curaba cualquier herida y restauraba mis ánimos…

Mamá More representó dignamente su alcurnia española y sus herencias colombiana y cubana. Desplegó siempre la inteligencia y la mesura de los Gamboas, y la ternura amorosa de los Arango. Su natural don de gentes la hizo brillar como diamante en la sociedad salvadoreña. Fue una gran señora y una gran maestra, cuando ser señora y maestra requería no sólo de méritos auténticos, sino también de nobleza innata…

Gran madre y gran abuela, Mamá More buscó ser un puente amor y unión entre todos sus hijos y nietos. Una tarde, domingo 16 de enero de 1983, en su casa de San Salvador le pidió a su nieto José Ricardo ayuda y grabó un cassette con un mensaje, y le pidió que solo lo entregara después de su muerte. Esta ocurrió más de cinco años después, el 22 de junio de 1988, y José Ricardo cumplió su promesa: entregó copias del mensaje, del cual transcribimos este aparte:

Hijos queridísimos, hijos entrañablemente amados por mí desde antes de venir al mundo, hijos esperados con la misma ilusión y la misma ternura en las siete veces en que Dios me concedió el tesoro de la maternidad, hijos que son ahora la única razón de mi vida desde que mi amado compañero escaló las fronteras de su eterna paz…

Hijos queridos, quiero decirles que uno de mis más inmensos anhelos es que siempre estén unidos, que el cariño, la paz y la comprensión mutuos realice el milagro de que el dolor y la alegría de uno, sea el de todos y –de esta manera– me ofrecerán tranquilidad y satisfacción en esta vida, y dulce paz en la eternidad.

En su voz crepuscular se han salvado para la posteridad, en este mismo cassette, los dos sentidos poemas que, por fortuna, hacen parte de esta obra.

22 A pesar de que fue muy blanca, era la más morena entre sus hermanos, por lo que cariñosamente la llamaron “la Morena” o sencillamente “More”. De abuela pasó entonces a ser “Mamá More”.

 

Epístola del Amado Ausente

Esposo de mi alma, luz de mi vida,
que ahora duermes en el camposanto
el sueño largo de tu paz infinita,
ha sido menester que muchas lunas
bañaran con sus lumbres mis soledades íntimas
para que yo, temblando como cuando de novia te escribía,
humedezca mi pluma en la sal de mis ojos
y te dirija esta epístola desconsolada, triste,
que tú recibirás en ultratumba y leerás absorto,
sin sentir un latido en el hueco de tu pecho,
ni un sutil parpadeo en tus hondas pupilas…

No quisiera, mi amado, turbar tu dulce sueño,
pero has de perdonarme que muy quedo te cuente
con la imprecisa voz de mis pobres palabras
esta melancolía profunda en que me pierdo,
esta melancolía de mis noches insomnes
que sufro con los ojos extraviados y abiertos,
buscando entre las sombras el rastro de tu sombra,
esforzando el oído con el afán supremo
de escuchar un suspiro de tus labios
y apretando el anhelo de sentir un aliento tuyo,
como a su amada inmóvil pedía Amado Nervo.

Quiero también decirte que mis manos marchitas
día y noche se afanan en la tenaz faena
de aprisionar recuerdos de mi llanto en la espesa telaraña
y que luego se tienden, cual llamas vivas,
hacia la ruta de tu sepultura,
implorando la dádiva inmensamente triste de tus manos
heladas.

Y quiero preguntarte
si en tu mansa quietud de cementerio
comprendes la agonía que dentro de mis venas rebasa
en esas tristes ofrendas que mi recuerdo te consagra,
en esas horas tristes en que, oprimiendo el sello de tu imagen
sobre este mi corazón enfermo,
esta inquieta demanda te dirijo:
¿Es verdad que estás muerto?
¿Es cierto que un minuto te arrancó de mis brazos
donde buscaste asilo durante tanto tiempo ?…

Pero tú, que en la vida siempre fuiste a todas mis preguntas
tan atento, estás callado ahora, estás indiferente,
estás encastillado en el mutismo frío de tu silencio…

 

Evocación Doliente

Día domingo… Estoy sola, pensando en ti y añorando…
leyendo cartas de amor amarillas por los años,
y engañando al corazón con versos y con retratos.

Los que vinieron a verme luego se van alejando;
huyen de mi desconsuelo y sienten que se hace largo
el rosario de recuerdos que mi boca va rezando.

Sola estoy para quererte, y en mi soledad te alcanzo.
Cierro los ojos, los cierro tan fuerte!, que me hace daño.
Cierro los ojos por verte, que muy adentro te guardo.

Busco tus manos, tus manos que se tornaban de seda
en nuestros éxtasis largos…

Busco tus ojos, ¡tan hondos!, ¡tan soñadores y amargos!…
Llego a tu boca y aspiro el panal que hay en tus labios,
y prendo en tu pecho noble la gardenia de mi llanto.

¿Cuánto hace que te me fuiste?
Treinta años largos, treinta años…
treinta cirios de agonía que derriten en mi pecho
la vida que va quedando.

Por los ojos apagados se me van los pensamientos
hasta aquel rincón lejano de mis felices recuerdos,
hasta aquella casa nuestra que auspiciaba un jazminero
aromando corredores e ilusionando aposentos.

Con los ojos apagados entro y recorro, uno a uno,
los lugares de otros tiempos…
el saloncito discreto donde leíamos versos
y en donde tú me entregabas la inquietud de tus anhelos.
Las alcobas añoradas, el comedor bullanguero,
el abscóndito escritorio, urna de tus pensamientos,
y los vastos corredores donde, con halago nuestro,
siete clarines de risa brotaban de siete pechos.

¡Más no!, ¡Es imposible!, imposible, mi muerto,
que bajo esa sombría coraza de cal y piedra
esté sordo tu oído, ciegos tus ojos y sellados tus labios.
Yo sé que tú me oyes, yo sé que tú me miras
y que, como en la vida, me llevas de la mano.
Sé también que esta noche viniste a visitarme:
al esconder mi frente en los fríos linos de mi almohada
sentí que estabas cerca, sentí que me mirabas
con aquella misma ternura tuya cuajada en tus pestañas;
sentí que me estrechabas contra tu pecho,
como al retorno de las ausencias largas se estrechan,
largamente, las almas que se aman…

Sentí que recordando una de tus dilectas complacencias,
suavemente alisaste mis cabellos con tus manos heladas…
luego, brotando de la boca tuya, devotamente amada,
un manantial que en espirales límpidas se me enredo en el alma,
iluminó mi vida con la linfa carísima de tu vida más alta.

¡Gracias, mi muerto, gracias !…
Sé que burlando tus cerrojos, como ahora, vendrás a visitarme…
Un amor como el nuestro burla los valladares de la muerte
y anula sus distancias. Dios, que se supo siempre entre
nosotros, habrá de permitirte que lo hagas.

Espera un poco, espera…
mañana, acaso,
llegaré a tu recinto a devolverte tu visita tan grata;
te llegaré distinta de cómo estoy llegando desde que me
tuviste,
te llegaré nimbada de aquella luz celeste que inundaba mi vida
cuando conmigo estabas,
y verás cómo, suave y silenciosamente,
doblaré mi mortaja y buscaré mi antiguo lugar al lado tuyo
para quedarme siempre en esa peregrina, en esa imperecedera
y abscóndita morada.
Por fin nos hallaremos!…
por fin nos hallaremos para soñar unidos
bajo soles ardientes y noches estrelladas, eternamente juntos,
enhebrando recuerdos y confidencias largas
y suspirando por aquellos pedazos de nuestras vidas
que todavía la vida nos arranca.
Soñaremos, esposo, soñaremos como soñamos en la vida,
un solo cuerpo, una sola alma, confundidos ya nuestros huesos,
frente a frente a la luna clara.

Casa nuestra, casa mía, aunque seas de otro dueño,
a pesar de ser la misma, ¡qué sola y fría te encuentro!
Casa nuestra, ayer cercada con valladares de besos,
eres mi cautiva ahora con cadenas de recuerdo.

Con las luces del crepúsculo despiertan mis ojos ciegos,
soñando siempre contigo me han hallado los luceros.
Tu presencia en mí es tan clara que en su claridad me pierdo.