Mateo Gamboa Herrera

Mateo Gamboa Herrera, hermano de Isaías, nació en Cali el 12 de enero de 1880. Con motivo del centenario de su nacimiento, su hijo Octavio, doblemente heredero de su sangre y de su estro, escribió una página de la cual emerge, en toda su integridad, la imagen de su padre. En dicha ocasión, la viuda y sus descendientes organizaron una celebración alrededor de la ceiba que Mateo había sembrado con su mano de poeta y de campesino, en las faldas del cerro de Los Cristales, a pocos pasos del lugar donde él viera la luz. Esa luz que fue la del Valle del Cauca, y por ella quedó signado de manera ineluctable.

Nada mejor, entonces, que sea la pluma de Octavio Gamboa la que, con amor filial, nos acerque al perfil inconfundible de su progenitor:

…su vida sencilla puede resumirse diciendo que fue un hombre fiel a su paisaje natal, al farallón que lo separa del mar y a la serranía oriental que lo aproxima al cielo…

Tuvo una formación intelectual muy breve: la de la escuela primaria y la del colegio de Santa Librada, pero en cambio tuvo muy clara la noción del verso castellano, del rítmico andar de las palabras, y de la poesía que se esconde tras su ropaje leve. La infancia dolorosa señaló de manera muy ruda su destino, y por eso su poesía fue siempre sentimental y romántica, íntima y reiterativa. El tema de sus versos fue su propio corazón, que es el lugar de las grandes confrontaciones. Allí donde se cruzan el hombre y el misterio.

Repaso ahora sus versos y en ellos encuentro todas sus virtudes. Escribir fue para él una manera honda de vivir, de dar testimonio de sus afectos. Bien pudo repetir aquello de “escribo para que cuando muera se sepa cómo amé”.

Lo hacía con facilidad, porque nació con el don del ritmo, con el sentido secreto de la unión musical de las palabras. Su servicio a la ciudad fue la mayor preocupación, la constante invariable de su vida. Desde el Concejo Municipal, en sus últimos años, dedicó sus energías a seguir, paso a paso, el desarrollo de Cali. Fue autor de numerosas iniciativas. La Avenida Colombia, por ejemplo, se le debe a él. Desde sus cerros nativos contempló el paulatino paso de la aldea colonial a la urbe moderna; y la cantó en sus versos, que fue su manera de señalarlas con estrellas.

Los que conocieron a mi padre recuerdan su rectitud, su honestidad, el cumplimiento diario y casi religioso de todos sus deberes. Su palabra era escritura y ley. No sólo la palabra empeñada en alguna ceremonia, sino la palabra sencillamente dicha, con su pausada manera de hablar, como pasando de una estrofa a otra, o como revisando el vasto paisaje del Valle del Cauca.

Guillermo E. Martínez, en la obra La poesía en el Valle del Cau- ca, transcribe una página escrita a raíz de la muerte de Mateo Gamboa, ocurrida el 15 de julio de 1948, de la cual tomamos estos apartes:

Releyendo los versos de Mateo Gamboa observamos claramente la poderosa influencia del paisaje del Valle del Cauca sobre los ojos tristes que lo miran. El paisaje tomó en esos sencillísimos versos la dolorosa dimensión de la nostalgia…

En los versos de Mateo Gamboa está nuestro país, que alguna vez fue llamado La Comarca de Dios, como en los de Francis Jammes se advierte la Normandia y en los de Leopoldo Lugones se oyen crecer los trigales en la Pampa…

Mateo Gamboa hizo de su poesía un sistema de drenaje para la tristeza. Quiso que por ella se escapara su pesadumbre. Poseía el don muy castellano y muy romántico de hablar sobre la fuga de las cosas.

Este poeta no coleccionó sus versos, y los que se conocen vieron la luz en revistas y periódicos de Colombia y de otros países. Esperamos que amigos y familiares que recogieron sus poemas puedan encontrar algunos versos que aquí han quedado omitidos. Con excepción de los sonetos a La Capilla de San Antonio, Cartagena y El Cerro de las Tres Cruces y la poesía dedicada a Cali, los poemas que aquí hemos seleccionado hacen parte de la mencionada obra antológica de Guillermo E. Martínez.

En 1913, como recuerdo de la inauguración del Salón Universal de Cali, en una bellísima edición se publicó el poema Ante el mar, en respuesta al poema del mismo título de su hermano Isaías, ilustrado por el genial artista caleño Angelino Arce. Ante el mar, se expresó entonces, es un canto épico, en el que vibra el sentimiento y está escrito con el tono que simila al mar en veces iracundo y en veces apacible.

Bibliografía de Mateo Gamboa y Sobre Mateo Gamboa

  • Ante el mar, Cali, 1913. Este folleto contiene seis ilustraciones en color del artista Angelino Arce.
  • El Cerro de las Cruces(Sic.), en Correo del Cauca, Suplemento Literario, núm. 32 – 1318, Cali, marzo 29 de 1914, pág. 256.
  • Porque te llevo en mi alma (soneto), en Correo del Cauca, Suplemento litera- rio, núm. 31 – 1391, Cali, marzo 22 de 1914.
  • Cartagena, soneto en Francisco Pérez Ordóñez, Estampas escolares, Bo- gotá, 1982, pág. 117; Ibid, segunda edición, Editorial Colombia Nueva Ltda., Bogotá 1986, pág. 132.
  • Discurso pronunciado en la inauguración del monumento a su hermano Isaías Gamboa, en la ciudad de Cali, el 26 de diciembre de 1928.
  • Ante el mar, El colibrí, El Nevado del Huila, Mística, La torre de San Fran- cisco, El final de María, A una desconocida, Primera comunión, en La poesía en el Valle del Cauca, Imprenta departamental, Cali, 1954, págs. 335 – 342.
  • El colibrí y El final de María, en Atlas poético de Colombia –Valle–, Selección, introducción y notas de Gerardo Rivas Moreno; Ediciones Prensa Colombiana, Cali, 1994, págs. 32 – 34.
  • El colibrí (soneto), en Tertulias de “Cali Viejo”, segundo libro, Cámara de Comercio de Cali. Centro de Estudios Históricos y Sociales “Santiago de Cali”, Feriva Editores S.A., 1998, pág. 66.
  • Mateo Gamboa, en Diccionario Biográfico y Bibliográfico de Colombia por Joaquín Ospina, t II, Editorial Águila, Bogotá, 1937, págs. 52 – 53.
  • Octavio Gamboa, Mateo Gamboa Herrera y El cerro de las tres cruces, La torre de San Francisco y El nevado del Huila (sonetos), en el Diario El Pueblo, Cali, domingo 13 de enero de 1980.

 

La Poesía de Mateo Gamboa

Ante el Mar

A la memoria de mi hermano Isaías

Héme ante el mar. En mis febriles horas
de inefables ensueños me forjaba
la ilusión de surcar sus ondas pérfidas,
oír su estruendo, contemplar sus playas;
ver la indecisa vaguedad del cielo
temblar sobre la línea de sus aguas,
y ver cómo sus olas gigantescas
sobre rocas inmóviles estallan.
Mirar allá con el azul del éter
confundirse el azul de las montañas,
inmensos muros de prisión olímpica
donde el monstruo sus iras extravasa.
Seguir, con la tristeza del ausente
que ha dejado a la madre y a la amada,
el libre revolar de las gaviotas
que al agitar las impolutas alas
semejan el batir de los pañuelos
que agitan los amigos en la playa…

Ver la puesta del sol. Ver cómo lucha
cual en un vasto campo de batalla,
contra la turbamulta de las olas
que surgen por doquier….

Su frente sangra
vertiendo en la paleta del crepúsculo
el oro y el azul y el escarlata,
los tres colores de mi amor resumen,
los tres colores de mi enseña patria…!

Después, la noche.
Con su negro manto,
como doliente virgen africana,
va llenando de sombras el espacio
y de tristeza y de pavor las almas;
y por entre los torvos nubarrones
que simulan terríficos fantasmas,
la luna asoma dolorosamente
su alba faz cadavérica y nostálgica.
Ella es la novia de las almas tristes,
el ángel protector de los que se aman,
el numen de los pálidos poetas,
himno hecho luz que el mar al cielo canta,
mariposa estival que va regando
el polvo luminoso de sus alas.

¡Oh, mar! Ya te conozco. Al fin mis ojos
escrutan el azul de tus entrañas,
y sorprende mi oído en tus rumores
arrullos de ave y truenos de borrasca.
Sé que bajo tus ondas, tentadoras
como turgencias de mujer, recatas
un caudal infinito de amargura,
y una insaciable sed de malandanzas.
Y al ver cómo tus olas desfallecen
en su ardiente caricia con las playas,
y al mirarlas saltar sobre las rocas,
como leones de melenas áureas,
pienso que en tus espasmos de precito
tienes, como Satán, risas y lágrimas…
¡Ay, del que al antro de tus fauces ruede!
¡Ay, del que fíe en tus mentidas calmas!
¡Oh, mar! Si eres altivo y poderoso,
si eres augusto vengador de infamias,
si en tu seno germinan las tormentas
que demolieron la soberbia Atlántida;
tú que por sino venturoso encierras
los límites sagrados de mi Patria;
tú que la arrullas en sus horas tristes,
tú que sus glorias con amor le cantas,
defiéndela también de los traidores,
protégela en sus horas de desgracia,
dále el aliento que tus olas tienen,
dále el coraje que en tu seno guardas:
no dejes que en su suelo los tiranos
estampen el oprobio de sus plantas;
no dejes que el chacal de las naciones
torne a clavar el diente en sus entrañas!

Pero si es imposible, si a tu amparo
han de embestirla el crimen y la audacia;
si con toda la sangre de sus hijos
su noble herencia a redimir no alcanza,
rompe entonces el linde que te estrecha,
la inmensa mole de los Andes sálva;
cubre los valles, truena en los abismos
y refluye al nivel de las montañas;
que sólo quede en el confín flotando,
un jirón de la tierra colombiana;
el ápice inviolado de una cumbre,
donde -cóndor de gigantescas alas-
tremole al viento de los siglos, libre,
el tricolor glorioso de mi Patria.

 

El Colibrí

Por el jardín, en ronda romántica y alada
ante un cáliz, suspenso, se agita y se estremece,
y su pico la punta de una espada parece,
y sus alas abiertas, el puño de la espada.

Hunde el pico en el alma de las flores, y cada
flor que le da su néctar, por su amor se entristece,
y esperando el retorno del galán, desfallece
cuando llega la tarde, de arreboles tatuada.

En la rama voluble, con artística urdimbre,
borda el nido formado con estambres de mimbre,
que recogió en el bosque tras de amante querella;
es un bello palacio de feliz estructura,
diminuto y tan firme como si de la altura
sostuviera sus hilos el imán de una estrella.

 

La Torre de San Francisco

Erguida sobre muros que se hunden en la entraña
fecunda de la tierra, se pierde en el espacio.
Y funden sus perfiles, bajo el azul palacio,
los sueños de la América y el corazón de España.

La cruz signa su cúpula. El sol en luz la baña.
La noche viene a ella sonámbula. Y, despacio,
en medio de su pompa de oro y de topacio,
la envuelve en su silencio con majestad extraña.

Y graves o dolientes o alegres y cantoras,
anuncian sus campanas el paso de las horas.
Sobre la cruz la diáfana concavidad se enreda;

Y cuando el sueño cierra sus párpados, entonces,
cual eco dolorido, de sus sonoros bronces,
se pierden en el ámbito los toques de la queda.

 

El Cerro de las Tres Cruces

Fantástico atalaya de un vasto poderío
Destaca su silueta con ínclita altivez;
abrupto, ensimismado, nostálgico, sombrío,
parece que desprecia del mundo la insulsez.

Tiembla sobre él la vaga techumbre del vacío,
ciudad y bosque y llano se tienden a sus pies,
y en tanto con agreste sonoridad, el río
sus plantas besa, y huye con loca rápidez.

Cuando extiende la noche su misterioso manto
semeja inmenso túmulo, de ignoto camposanto,
que levanta el tiempo tras su correr veloz;

Y cuando el sol lo envuelve con sus flamantes luces
se ven sobre la cima –simbólicas- tres cruces
que a la mente sugieren el martirio de Dios.

 

El Final de María

Las adustas siluetas de los cerros distantes
a la luz temblorosa del postrer arrebol,
fueron manchas enormes,fueron sombras errantes,
que cayeron al valle como lento dolor.

Un viajero visita los lugares que enantes
recorrió con su novia a la puesta del sol;
va buscando una tumba que los brazos amantes
de una cruz, le señalen que allí duerme su amor.

De repente, al impulso de un aciago tormento,
atraviesa la pampa como en alas del viento
al tendido galope de su brioso corcel;

quiere ahogar la tristeza que a su espíritu agobia,
quiere huir de esos sitios que le niegan su novia
y sumarse en las sombras de la noche cruel.

***

He allí el último cuadro. La lectura se cierra.
Sigue un grave silencio. Sólo se oye el rodar
de las últimas lágrimas sobre el libro que encierra
ese raro resumen de alegría y pesar.

Repercuten las almas y dilata la sierra
de fatídico búho la canción funeral,
el tropel del jinete que estremece la tierra,
los aullidos de un perro que se sienta a llorar.

¡Alma mía! ¡Sollozas! Se comprime tu llanto.
¿Tan tiránica angustia, tan acerbo quebranto
te dejó la leyenda? ¿Por qué sufres así?

¿Es que sientes, acaso, que tu propia agonía
se refleja en las páginas de ese libro, alma mía?
¿Es que sufres por ellos? ¿Es que lloras por tí?

 

Cartagena

Cartagena de Indias, vieja ciudad qua tienes
en el cielo la frente y los pies en el mar.
Una aureola de gloria te circunda las sienes
y las olas te cantan con eterno cantar…
En las páginas áureas de tu historia retienes
las hazañas que te hacen de la patria un altar,
los ataques arteros del pirata detienes
y los leones de Iberia no te hicieron temblar.

Los castillos que bordan tus contornos severos
los encuentros evocan de invencibles guerreros
de su Dios, de su patria, de su dama en honor. . .
Y los muros que insomnes vigilaron tu entrada,
todavía defienden tu belleza sagrada
con cansancio de siglos y nostalgia de amor.

 

Cali

Es una ciudad blanca, llena de luz! El día
la envuelve en sus fulgores y tiñe de arrebol.
En sus jardines juega cantando la alegría.
Ante sus gracias tiembla la majestad del sol!

No importa que la noche descuelgue sus cortinas
y arroje en sus contornos su fúnebre tapiz;
no importa que la arropen noctámbulas neblinas…
Ella será por siempre lumínica y feliz!

Porque cuando las sobras de los atardeceres
sus vívidos encantos pretende eclipsar,
parece que los ojos de todas sus mujeres
en medio de las sombras pusiéranse a brillar.

¡Es una ciudad noble de heráldicos blasones!
Su escudo es un tesoro de clásica heredad.
Ciudad altiva y libre, mil bravos campeones
su sangre derramaron por darle libertad.

Cuando descubre el alba sus diáfanos jardines
sobre el balcón inmenso de la montaña azul,
cual reina que preside románticos festines
su veste se corona de vaporoso tul.

El cerro, centinela de atlética apostura,
vigila sus dominios impávida y leal
y el río ante sus plantas sus cánticos murmura
tañendo eternamente su flauta de cristal.

En éxtasis contemplo sus pomas soberanas
y escucho los acentos que entonan en su honor
los sones vocingleros de místicas campanas
los ecos victoriosos del pito triunfador.

De sus esbeltas torres en los desnudos huecos
las golondrinas forman su tálamo nupcial,
y en las erectas palmas de relucientes flecos
las lágrimas se cuajan del aura nocturnal.

Cuando en la comba inmensa reinventan las estrellas
-enjambres de luciérnagas en bóveda turquí-
yo escucho en el silencioso las plácidas querellas
del viento en los frondajes de la encantada hurí.

Para ella fueron siempre los ecos de mi canto,
tan sólo por su gloria palpita el corazón.
Yo exalto sus paisajes porque ellos son su encanto
y canto a sus mujeres porque su dicha son.

Yo sueño con los triunfos de sus futuros días,
Ciudad a cuyo imperio se inclina el provenir…
Si no se hubieran roto las esperanzas mías
Por ver sus triunfos, cuando deseara yo vivir!

Mas ¡Ay! Tal vez mañana caeré bajo mi duelo
y para entonces sólo quisiera en mi ambición,
en mis pupilas muertas aprisionar su cielo
y que su tierra virgen me guarde el corazón!